La cantidad de turistas aceptable por una sociedad es un tema al que dedicó su tiempo un tal George Doxey, teórico del turismo. El bueno de George diseñó el índice irrites, que mide el grado de irritación que un individuo acumula durante años de tratar con turistas de todo pelaje. Doxey   estableció́ un modelo de irritación que se desarrolla en cuatro etapas.

La primera, eufórica: los turistas son bienvenidos tanto por la novedad que representan como por las oportunidades de crear nuevos recursos económicos que significan. En Carcelona podríamos situarla en los años sesenta, con la llegada de las suecas. Fue la época del destape, de los seiscientos, del Spain is different.

La segunda, apática: el interés por los foráneos se divide, hay quién tiene interés en el turismo y quién no. El contacto entre residentes y turistas se convierte en más formal y la planificación deriva hacia el desarrollo de la marca. Estaríamos hablando de la Carcelona de los ochenta, antes de los Juegos Olímpicos, la época en la que el matrimonio constructoras-ayuntamiento se consuma.

La tercera, molesta: el territorio se sitúa al borde de la saturación, aparecen problemas de congestión física, los residentes empiezan a sentirse recelosos con la industria turística. Son los años noventa, con la resaca olímpica y las pastillas de colores.

La cuarta y última, antagónica: las molestias generan una hostilidad hacia los visitantes. Los forasteros son vistos como la causa de todos los problemas. Es la etapa que se vive en Carcelona desde hace por lo menos diez años. Especialmente en zonas como los aledaños de la Sagrada Familia o del Parc Güell, directamente intransitables, donde los vecinos deben soportar un permanente atasco de autocares y guiris obsesionados con retratar cualquier farola o baldosa que lleve la firma de Gaudí.”

Marc Caellas, Carcelona (Editorial Melusina, 2011)